viernes, 6 de noviembre de 2015

Otra manera de pensar

Buenas, en este segundo escrito, he decidido extraer uno de los guiones que me ha producido mayor perplejidad y al mismo instante admiración. El guion pertenece a la serie True Detective, donde me adentro en la mente de uno de los dos protagonistas de la serie. Y aquí os dejo algunas de sus reflexiones y parte del pensamiento realista que nos ofrece este personaje.

Contemplo el momento del huerto, la idea de permitir tu propia crucifixión.
Se me podría considerar un realista, pero en términos filosóficos soy lo que se llama un pesimista, significa que soy malo en las fiestas.

Creo que la conciencia humana es un trágico error de la evolución, nos volvimos demasiado conscientes de nosotros mismos, la naturaleza creó un aspecto de la naturaleza alejado de si misma, una criatura que no debería de existir según las leyes naturales. Somos cosas que se obsesionan con la ilusión de tener un yo, un acrecentamiento de experiencia sensorial y sentimientos, programada con la seguridad de que cada uno es alguien en especial, cuando en realidad nadie es nadie.

Lo único honroso que puede hacer nuestra especie es negar la programación, dejar de reproducirse, ir de la mano hacia la extinción, una última medianoche, hermanos y hermanas rechazando la injusticia.
Yo no duermo, sólo sueño.

Lo que me hace levantarme por las mañanas, es convencerme de que doy testimonio, pero la auténtica respuesta, es, que esa es mi única programación, y me falta el coraje para suicidarme
. El problema de morir más tarde, es que ya has crecido, el daño está hecho, ya es tarde. Pienso en la arrogancia que hace falta para arrancar un alma de la inexistencia y traerla aquí, carne, traer una vida a la fuerza a esta porquería.

Respecto a las creencias, si la gente no creyese, haría las mismas cosas que ahora ahí fuera en el campo. Si lo único que hace que alguien sea decente, es la esperanza de la recompensa divina, esa persona es una buena mierda.

Transferencia de miedo a un recipiente autoritario, catarsis, absorbe su espanto con su narrativa, y gracias a eso es eficaz en proporción a la cantidad de certeza que proyecte. Ciertos antropólogos del lenguaje creen que la religión es un virus del lenguaje, que reescribe conexiones cerebrales, que anula el pensamiento crítico. Yo a eso lo llamo la trampa vital, esa certeza en los genes de que las cosas serán diferentes, de que te mudarás a otra ciudad y conocerás gente que será tu amiga el resto de tu vida, y que te enamorarás, y que te realizarás... puta realización.

Clausura, frascos vacíos para contener esta tormenta de mierda, no se ha cumplido nada, no hasta el mismo final, clausura, no no, nada acaba nunca. La falacia ontológica de esperar una luz al final del túnel, eso es lo que vende el predicador, como un lo quiero. El predicador alimenta tu capacidad de ilusión, y luego te dice que es una puta virtud, siempre puedes salir ganando algo, es una sensación de privilegio desesperada.

A esto me refiero cuando hablo del tiempo, la muerte y la futilidad. Hay ideas más amplias en juego, sobre todo lo que nos debemos entre nosotros como sociedad por nuestras ilusiones comunes.
En la eternidad, donde no hay tiempo, nada puede crecer, nada puede transformarse, nada cambia, así que la muerte creó el tiempo para hacer crecer las cosas que mataría, y así vuelves a nacer, pero en la misma vida en la que siempre has nacido, no puedes cambiar tus vidas, y ese es el terrible secreto de toda vida, estás atrapado, como una pesadilla en la que te despiertas cada día...


@Kupyranger

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